SELECCIÓN DE POEMAS DE MARGARITA BELANDRIALA YERBA DE LAS ROSAS
Despido sin duelo los festines.
Un aplauso sacude los huesos de mis manos,
las que retiran la yerba de las rosas
que tiemblan al rumor de los clamores
maldiciendo al colmillo enrojecido
que muerde el dolor de los corderos.
Manos para siembras afanadas,
para tantear oleadas de palomas
que olvidadas de nidos y algodones
muy lejos se alejan arrullando.
SUR
La puerta de mi casa mira siempre al Sur,
donde las aguas escurren a morir,
y los pájaros caen como ceniza.
Oigo el seco crujir de los geranios
por el silbido que baja de las nubes.
Vivo solamente si me dueles,
si ardes como antorcha entre mi carne.
Ríos que braman siempre al Sur.
Siempre al Sur,
hacia donde la puerta de mi casa mira.
SUBLEVACIÓN
A Pepe BarroetaHas hecho mis ojos para mirar la nada,
mi lengua incapaz de pronunciarte,
mis oídos sordos a la sinfonía de las esferas.
Abro la puerta por donde salió la ausencia:
los árboles gritan su caída;
las piedras, su silencio.
Los corazones golpean furiosos en los pechos afanados,
y un alcatraz vigila el eco de su corazón dormido.
Mi alma delgada de tristeza se subleva.
Clama en el áspero color de los desiertos,
en el grueso sabor de la tiniebla.
Como yo aquel día
has puesto un silbido en el roto corazón de la calandria,
y un nidal secreto en cada bosque de la Tierra.
Desde esta tierra querida de la muerte
lenguaradas se alzan en busca de tu nombre.
Callado el cielo oscurece herbolarios tropicales,
borrando de tristeza ciertas tardes,
aquella esquina no mirada.
Por ti los lirios cayeron de rodillas
y una barca ligera se arriesga en profundidades marinas.
En la tarde postrera regresas una nube
a la niña que juega con zafiros.
VELO
A María Dolores González-HocevarQue ande yo como ahora
sin las venas palpitando;
sin un hilo de voz
entre este bosque de alaridos.
Yo, que durante siglos velo
el ronco sonido de la noche,
he mirado con estos pobres ojos
el llanto mudo del parto de las perras,
y la orfandad de cuanto habita
bajo el cielo arrodillado.
Yo, que yazgo sobre tierra fría
oyendo caer la ceniza de los muertos,
me pierdo a las cuatro de la tarde
en sopores estivales
y siento una enorme punzada
al recordarte.
EL OLOR DE MI EXISTENCIA
A María Luisa Lázzaro
Huelo mi existencia
y sólo encuentro los gestos
inventados.
¿Qué destino ha tomado el autor de las hechuras
que revuelve sangre, barro, vida, yerba y muerte?
¿Soy del llanto que llevo en las pupilas?
Despertar quisiera en otra hora,
hilar minutos de otra orilla
y estas lágrimas saberlas mías.
DESTINO
A Gladys PortuondoSalí una tarde
por la rendija más angosta;
puertas y ventanas
habían sido clausuradas.
Vago sin memoria,
derramando una brisa diminuta
sobre geranios
que ya no olerán para nadie.
Algo me convoca
a descifrar los presagios,
pero yo sólo conozco
los bramidos
de las calles descalzas.
Hoy prefiero
pagarle al mundo
cada una de mis deudas,
echarme toda la tierra encima
y borrar los horizontes
del destino que me asedia.
CANTO
A Don Pedro José Belandria Molina
A pulso yo navego en esta vida.
Mis uñas rasgaron
la inmensa cicatriz por donde miro.
No destroces mis pequeñas alas.
Déjame caer, al menos,
donde la tarde algún color anda buscando,
y no se cruza de brazos porque yo vengo.
Déjame así, rodando,
puliendo a rastras la dura redondez,
canto rodado.
AGUA CALMA
A Rosa María HurtadoComo agua calma
miro las tardes alumbrar.
Ovillando los recuerdos
asoman mocedades
en los resquicios del tiempo.
Desempolvo el espejo
que guarda mi memoria,
y sólo consigo mi nombre
y este destino inexplicable.
ALBRICIAS
A Iraida Moleiro
Noches de espeso latido mineral.
Noches enteras ovillando soledades,
mirando la estatua de mis huesos
pálida de tantos resplandores.
Imposible amordazar
al tiempo, su alarido;
reclamar las albricias
de tanta brevedad.
ABISMOS
A Mayda Hocevar
Por el suave andar de las olas que me gritan y la misteriosa adhesión de la hiedra entre los muros, palpito en el seco temblor de los geranios, en la mirada triste de los perrosy la queja que escurre de las nubes.
He hallado una rosa ante mi puerta.
He sentido el beso tuyo en mi rodilla.
Oigo el rumor de todos los silencios
y de cada instante su muerte repentina.
Sé del temblor que tiembla en las entrañas.
Sé de tu alma que mide los abismos.
Sé de la voz que desciende vertical
que arroja y que calcina.
NADA
A Andrés Suzzarini
En la noche,
abiertos los postigos de mi cama,
viene un ser alado a visitarme.
Entre acordes de la lluvia,
bajo el ala,
se ha llevado los cuentos
que dormían entre las sábanas.
Al retorno se apropia de mi almohada.
Entre idas y venidas se ha llevado todo.
Con pinzas afiladas
ha ido entresacando mis cabellos.
No queda nada
de quien antes arrullara,
en el sitio de la lumbre,
tan perfecta soledad.
OTROS TEJADOS
A Alexis Márquez Rodríguez
Cuando los aguijones de la soledad
se claven en nuestros aposentos
estarán nuestros ojos
en espejos desteñidos,
en tejados diferentes.
Otras puertas
se abrirán a nuestras sombras.
Mañanas menos tibias.
Crepúsculos más pálidos.
Otros puntos cardinales.
SIN NOMBRE
A: Arnulfo Quintero López
Entró igual que un águila
volando a través de las cornisas.
Enrumba alas y memoria
hacia las casas agachadas
en la cresta del barranco
que antes fuera la colina más alta.
Otea.
Escarba el hedor de los corrales
despeñados hace tiempo.
Muy lejana se oye la voz de un campanario.
Con el mismo impulso
sale en estampida a buscar otros aires,
y su rastro sólo queda
en los ojos aguados
de los perros sin nombre.
EN LA TARDE
A : M.A. G. Rascón
¿Por la simple levedad de tu sonrisa
debo desgarrar la vida mía?
¿A dónde fueron los besos
que echabas a volar hacia los míos?
Camino y desando el vecindario.
Nada me indica el sendero que te lleva,
¿hacia otros brazos amados igual como los míos?
La cuerda cruel se ajusta en mi garganta.
Mis labios solos ofician su canto al beso prometido.
Me mira la tarde con su cara triste,
y con la misma tristeza yo también la miro.
¡Quisiera olvidar hasta el sonido que te nombra!
¿Quisiera olvidar ese sonido?
CON LA TRISTEZA AL HOMBRO
A María Alejandra Belandria JuárezQuise despedir
tristemente a mi tristeza.
Vagué por calles grises
en busca de un lugar
para tirarla.
Pero ella
acarició mis ojos,
se enroscó en mis labios
y, como gota de hiel,
se instaló en mi garganta.
MIS RANAS
A mis hijos Pedro, Miguel y Leo
Noches lejanas, eterna letanía,
detenida y doliente en los rosados del alba.
Croando su tristeza sajaron mi corazón
al filo de su canto.
Con esa cicatriz desafié mi mundo de verdugos
que osaron mudarnos la esperanza.
Mis viejas ranas
de plateados charcos,
lectoras de la lluvia,
maestras del pantano.
Mérida, 1984
LEO
La luna te va soñando
con sus granitos de arena,
con sus ojitos llorosos,
llorosos de pura pena.
Al río se fue a bañar,
se fue a bañar Leonardo,
en sus manitas morenas
dormían bromelias y nardos.
Traías la risa del río,
traías aromas del viento,
y en tu corazón traías
ramitas de pensamientos.
Vienes volando a caballo
con un lucero en la frente,
ojitos de flor de mayo,
aromas de cal y fuentes.
Sentado estás en la plaza.
Ya fuiste a jugar al río...
¿Por qué tus ojitos llorosos,
llorosos como los míos?
Mérida, 1986
ELEGÍA
A José Luis Dugarte BelandriaQué bonito se oye tu nombre
desde la penumbra
donde crecen florecitas
con tu llanto sepultado.
Bien bonito se oye ese nombre
del que brotan saltarinas
algunas letras sustanciales:
La r de tus risas apagadas.
La i con su gorrita puesta
sobre estragos de quimioterapia.
La a dolorosa de la madre
tiñendo sus cabellos de oro
para esconder
tanta tierra encima,
tanta lágrima.
DESDE EL RIO
A Humberto García Rodríguez
En la sombra que habita entre tus ojos
ya no brilla lo que amabas.
Desde el río se oyó el adiós definitivo.
Su cuerpo frunció la montaña con enfado.
Ella sabe cuánto la amó nuestra mirada
de encantos compartidos.
Esa noche quedó inmovilizada
ante el fragor de mi lamento.
Más espesa desciende la neblina.
Más helada.
Hacia extrañas latitudes
llevaron las aves su aleteo
y las caricias de su canto.
En silencio atroz mi corazón
y los riscos escarpados.
¿No podías quedarte?
No podías.
Ya en tus horas
comenzaba a descender la tarde.
Ibas camino de la sombra.
La que siempre te aguarda,
fatal, definitiva.
¿En qué lugar reposará mi alma
que no esté el vacío de tu presencia amada?
Las aguas todas mis besos llevaban a tu mar.
Ahora duerme en mi garganta un pozo turbio.
Yo, domicilio de todo lo perdido,
me planto ante el dolor
que habrá de aniquilarme.
Mérida, 1991.SIN NIDO
De tu color moreno
quiero llenar mi cama.
De tu mirar callado
quiero hacer un rosario
y una cobija bonita
para en la noche besarlos.
Quiero hacer de tu pelo
algodón para mis sueños,
para dormir en el día
y pasar la noche en vela
como tórtola sin nido
en la empinada araucaria
que sube recta al balcón
que no cerraron tus besos.
RETRATO HABLADO DE
LAURENCIO ZAMBRANO LABRADOR
Cuentan
que así le dieron su último apellido
porque una tarde de desierto
hundió sus manos en la tierra
y saltaron racimos de alimento.
En su rostro,
palomar de geométricas medidas,
anidan amorosamente
la tristeza de las aves
y el canto rebelde
de gorriones heridos.
Huracanes de fuego
hay en sus ojos;
párpados de brisa.
Ausencia imperiosa
de noches asfixiantes.
Con pasos errabundos
ha horadado las huellas
del indio milenario
en su travesía
hacia las ternuras del sol.
Baquiano de guitarras,
del canto que subleva.
Pecho sonoro de quebrantos.
Mérida, 1985TU SILENCIO OYENDO
Alma mía,
alma de mi alma,
pedacito de aroma de capullo,
déjame soñar hasta la muerte
pero siempre siempre entre el silencio tuyo.
Alma mía,
alma de mi alma,
manojito de luz con que me enciendo,
deja que me apague hasta la muerte
pero siempre siempre tu silencio oyendo.
Agua clara
que rueda entre mis manos
transparente y alada como pájaros temblando,
déjame morir mi larga la muerte
pero siempre siempre tu silencio amando.
HACIA LA NADA
¿De dónde llegas volando,
mi amor, llegas de dónde?
¿De lo azul,
de donde el sol se esconde?
¿De la madrugada,
del río,
de la cañada?
¿Palpitando, mi amor,
vienes llegando?
¿Palpitando, mi amor,
hacia la nada?
* * *
En Totumos (cuento)
Cuando su cabeza rodó por el suelo moviendo los ojos hacia arriba y hacia abajo para cerrarse pensativos ya no fue posible percibir que la amenaza del amo y señor de los ejércitos no había sido apenas una metáfora como les dijo que era a los sufridos habitantes del pueblo de Totumos que asentían con la cabeza taciturna escuchando las exégesis de los vocablos proferidos por el amo, el redentor sacrificado, enviado por la divina providencia para salvarlos de las garras imperiales del vecino norteño de Caretas que robaba con voracidad nunca antes suscitada hasta las aguas subterráneas y todo cuanto se producía, empezando por los huevos, y todo lo que crecía y se movía en el territorio sufrido de Totumos. Qué va, el amo era un elegido y como el divino Jesús se sacrificaba para salvarlos expresándose en pura alegoría cuyos secretos designios sólo él como intermediario podía explicar a aquellas mentes mentecatas que habían perdido la esperanza y la memoria desde la horrible peste que durante cuarenta años arrasó a sus habitantes con vómitos de sangre y calenturas que achicharraban la mano a los curanderos isleños cuando la colocaban en la nuca de los enfermos para saber de qué mal se estaban muriendo. Qué va, hacer una fritanga de cabezas como dijera el redentor sacrificado no quería decir eso sino todo lo contrario y en el más peor de los casos era apenas mandar al cipote a los culpables de tantos desafueros que habían construido puentes y carreteras para que se cayeran no antes ni después sino justo en el momento en que el amo estaba en su gobierno y habían cuidado con esmero el cerro más alto del pueblo para que se desmoronara como un aluvión endemoniado no antes ni después sino justo cuando el amo estaba en su gobierno y habían criado vacas para que se volvieran machorras y en el puro hueso no antes ni después sino justo cuando el amo estaba en su gobierno y qué otra vaina se podía hacer con esas pérfidas cabezas, marrulleras, que desde antes de nacer el redentor ya lo andaban persiguiendo y desde antes de nacer ya estaban conspirando para derrocarle su gobierno, pero una fritanga de cabezas, qué va, eso no quería decir eso. Después rodaron por montones pero ya más nadie supo que la suya había de ser la cabeza venidera porque en ese pueblo sufrido de Totumos nadie sabía nada de nada y para que supieran algo de algo el redentor sacrificado hubo de pedir ayuda a una isla cercana donde la sabia conducción de su patriarca había forjado la más avanzada civilización que se hubiese conocido sobre la faz de la Tierra, y de allá iban llegando por tandas bandadas de curanderos que curaban todos los males incurables y maestros que sabían enseñar la historia como era y enseñaban a leer hasta a los burros que era lo que más abundaba en aquella desolada podredumbre que era el pobre y sufrido pueblo de Totumos, y enseñaban a meterle el dedo en el culo a las gallinas para saber si tenían huevo pa hoy o pa mañana y cómo rendir la renta carbonera del pueblo de Totumos que tenía minas de carbón suficientes para calentar a todos los emparamados del planeta. Iban llegando por tandas curanderos prodigiosos que con una sola píldora curaban todos los males y nunca el pueblo fue más saludable y la gente nunca más sufrió de infartos ni de esas tremendas arrecheras porque hasta entonces las rastras de maldades venían empaquetadas con precintos del vecino macabro de Caretas. Iban llegando por tandas ingenieros que en una sola espabilada levantaban puentes descomunales y autopistas gigantescas que nunca más se fueron contra el suelo, y para completar la hartura de la dicha y nada más faltase vinieron las putas más sabias de todas la putas de la Tierra que sabían todo lo que había por saber y hacían en la cama o el baño o donde fuera los números nunca jamás por nadie imaginados, qué bendición, y entonces por fin el pobre y sufrido pueblo de Totumos vio a la felicidad en plenitud erguida y solemne como el resplandor de una espada que no sólo la podían lamber y manosear con todos los dedos de la mano y enrollarla y metérsela en el bolsillo o donde fuera sino hacer regueros de ella hasta en los más recónditos extremos de todos los dominios territoriales donde quedaron abolidos para siempre todos los dolores y hasta la mierda dejó de oler a mierda y ser lo que era para mudarse en terroncitos de oro que se precipitaban como ventarrones sobre los techos de las casas que antes fueran de cartón y barro. No habiendo más nada por hacer porque ni una pajita más de felicidad cabía por las rendijas de ninguna parte, hacían concentraciones en la plaza donde las muchedumbres fervorosas aclamaban al amo y señor de los ejércitos a quien hubo que coserle de emergencia unos gruesos calzoncillos impermeables para sujetar los enormes chorros empinados que ensopaban sus calzones con cada tanda de aplausos y aullidos de gozo enfebrecido cuyo estruendo hacía volar a las palomas espantadas. Y como único medio de atajar las fuerzas malignas alborotadas a mansalva por el vecino norteño de Caretas y no ver a la felicidad en plenitud descuartizada, ofrendaban en altares a los más tiernos inocentes cuya sangre derramaban piaches y babalaos sobre el inmenso cuerpo sediento del redentor sacrificado.
Nota sobre En TotumosMargarita:
No cabe la menor duda de que escribes con las entrañas. Tu lengua ha quedado paralizada para dar cabida a la expresión rotunda de la imagen que desenmascara la realidad. "En Totumos" es el no-lugar al que nadie quiere asistir; el no-lugar en el que nadie quiere existir. Pero es una orientación sumamente específica. Y no se trata de "ficción", ni de realismo mágico, sino de una confesión que rebasa y por mucho la expresión hablada. En tu confesión hay canto, evocación, poesía, sueño, denuncia, pertenencia y firmeza. También está presente un fuerte arraigo. Un arraigo cuya raíz delira entre el destierro, el exilio y la insoportable permanencia. Por así decirlo, hablas desde dentro, desde la médula del asunto, con las entrañas venezolanas que tanto te pertenecen. Y lo más grandioso de todo es que, justo cuando has cerrado la boca, cuando tu discurso no dio cabida a más palabras, tus ojos lo vieron todo... y yo también.
Con admiración y profundo afecto.
Marco Antonio Camacho Crispín.
Facultad de Filosofía y Letras
UNAM
México, 16 de octubre de 2006